La necesidad de las dos naturalezas de Cristo como Mediador: Los Padres de la Iglesia Primitiva

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Introducción

La pregunta sobre las dos naturalezas de Cristo no es una discusión teológica secundaria ni un simple debate histórico. Es una cuestión que toca el corazón mismo del evangelio. Si Cristo no es verdaderamente Dios y verdaderamente hombre, entonces no puede ser el Mediador entre Dios y los hombres (1 Timoteo 2:5). Y si no hay Mediador verdadero, no hay salvación verdadera.

Desde los primeros siglos, la iglesia comprendió que lo que estaba en juego no era solo la precisión doctrinal, sino la redención misma. ¿Quién es Jesús? ¿Es una criatura exaltada? ¿Es simplemente un hombre inspirado por Dios? ¿Es Dios manifestándose en diferentes modos? ¿O es el Hijo eterno, consustancial con el Padre, quien asumió una naturaleza humana sin dejar de ser divino?

La doctrina de las dos naturalezas de Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre en una sola persona— no surgió como una especulación filosófica, sino como una necesidad bíblica. La iglesia primitiva, enfrentando herejías como el sabelianismo, el arrianismo y el nestorianismo, tuvo que articular con claridad lo que las Escrituras ya afirmaban: que el Verbo se hizo carne (Juan 1:14) sin dejar de ser el Verbo eterno.

En este artículo examinaremos cómo los Padres de la Iglesia defendieron esta verdad fundamental y por qué su lucha sigue siendo relevante hoy. Porque sin el Dios-hombre, no hay mediación. Y sin mediación, no hay reconciliación con Dios.

Los Padres de la Iglesia Primitiva

Los padres de la iglesia primitiva tuvieron que enfrentar numerosos ataques y desafíos relacionados con las dos naturalezas de Cristo. Uno de esos errores fue el sabelianismo. Sabelio (215-?) negó la doctrina de la Trinidad y enseñó que Dios Padre se manifestaba únicamente como el Hijo y el Espíritu, negando así cualquier distinción real dentro de la Deidad. Esta enseñanza negaba la plena divinidad de Cristo y del Espíritu Santo, reduciendo a Jesús a un simple hombre. Esta doctrina surgió primero en forma de monarquianismo, que negaba la divinidad de Cristo. J.N.D. Kelly explica que el “monarquianismo dinámico, más conocido como adopcionismo, sostenía que Cristo era un “mero hombre” sobre quien descendió el Espíritu de Dios”.1 De esta corriente surgió también el modalismo, el cual, junto con el monarquianismo, “confundía o borraba las distinciones entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.”2 Esta teoría llevó a Novaciano (200–258) a plantear la siguiente pregunta: “Si el Padre es uno y el Hijo otro, y si el Padre es Dios y Cristo es Dios, entonces no hay un solo Dios, sino que se presentan dos dioses simultáneamente.”3 La enseñanza continuó con Noeto de Esmirna (230-?), quien afirmó explícitamente la posición monarquiana. Esta doctrina llegó al punto de afirmar que Dios Padre sufrió lo mismo que el Hijo. Según Noeto, si el Padre y el Hijo son ambos Dios y no hay distinción real entre ellos, entonces ambos tuvieron que haber sufrido, pues no puede haber división dentro de la Deidad. Esta postura rechazaba la doctrina del Logos y sugería interpretar el Evangelio de Juan de manera alegórica. El sabelianismo intentó defenderse recurriendo a la analogía del sol: el sol es un único objeto que produce luz, calor y radiación. De igual manera, enseñaban que “el Padre era la esencia, mientras que el Hijo y el Espíritu eran meros modos de manifestación”.4 Los padres de la iglesia respondieron firmemente. Tertuliano, por ejemplo, escribió alrededor del año 213 su obra Adversus Praxean, en la que defendió la distinción de personas en Cristo y afirmó la plena divinidad del Hijo.

Nosotros, sin embargo, como siempre lo hemos hecho (y aún más desde que hemos sido mejor instruidos por el Paráclito, quien verdaderamente guía a los hombres a toda la verdad), creemos que hay un solo Dios, pero bajo la siguiente dispensación, u oikonomía, como se le llama: que este único Dios tiene también un Hijo, su Palabra, que procedió de Él mismo, por medio de quien fueron hechas todas las cosas, y sin quien nada de lo que ha sido hecho fue hecho. Creemos que Él fue enviado por el Padre a la Virgen y que nació de ella, siendo verdaderamente Hombre y verdaderamente Dios, el Hijo del Hombre y el Hijo de Dios, y que fue llamado por el nombre de Jesucristo. Creemos que padeció, murió y fue sepultado, conforme a las Escrituras; y que, después de haber sido resucitado por el Padre y llevado de nuevo al cielo, está sentado a la diestra del Padre; y que vendrá a juzgar a los vivos y a los muertos. Y creemos que también envió desde el Padre, conforme a su promesa, al Espíritu Santo.5

Tertuliano sostuvo que hay un solo Dios, pero que este único Dios existe bajo una “economía” o dispensación en la cual el Padre tiene un Hijo, su Palabra, por medio de quien todas las cosas fueron hechas. Esta Palabra fue enviada por el Padre, nació de la virgen, y es verdaderamente Dios y verdaderamente hombre: el Hijo de Dios y el Hijo del Hombre. Sufrió, murió, fue sepultado, resucitó y está sentado a la diestra del Padre, desde donde vendrá a juzgar a los vivos y los muertos. Tertuliano no solo afirmó las dos naturalezas de Cristo, sino también la doctrina bíblica de la Trinidad: un solo Dios en tres personas distintas, Padre, Hijo y Espíritu Santo, cada una plenamente divina y personalmente distinta.

El desafío del Arrianismo

Las controversias continuaron con Arrio (256–336). Arrio enseñaba que el Padre era el único Dios verdadero y que no podía compartir su esencia con nadie. Según él, si el Hijo compartiera la misma esencia del Padre, Dios sería divisible y sujeto a cambio. Por tanto, Arrio concluyó que Cristo no era ni Dios eterno ni verdadero Dios. Aunque era superior a otras criaturas, seguía siendo una criatura. Fue creado de la nada y tuvo un comienzo. Para Arrio, “engendrado” significaba simplemente “hecho”.6 Esto implica que Jesús debe su existencia a la voluntad del Padre y no es el Dios autoexistente del universo. Aunque Arrio afirmaba que Cristo existía antes del tiempo, negaba su eternidad absoluta. Pero esto contradice Juan 1:1-2: “En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios.” Juan afirma claramente que el Verbo, Jesús, existe desde toda la eternidad. Nunca hubo un momento en que no existiera. Jesús, como el Logos y la Palabra eterna, lleva esos títulos no solo porque participe “en la Palabra y la Sabiduría esenciales”,7 sino porque Él es Dios mismo. El arrianismo enseñaba que Jesús era llamado “Dios” solo por nombre, pero no en esencia. Esta enseñanza aún persiste hoy, por ejemplo, entre los Testigos de Jehová.

En respuesta, la iglesia se reunió en el Concilio de Nicea (325) y, posteriormente, en el de Constantinopla (381), donde afirmó que Cristo es “de la misma sustancia” (homoousios) que el Padre. El Credo Niceno declara:

Creo en un solo Señor, Jesucristo,
Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos:
Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero,
engendrado, no creado, de la misma naturaleza del Padre,
por quien todo fue hecho;
que por nosotros lo hombres,
y por nuestra salvación bajó del cielo,
y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen,
y se hizo hombre.

La controversia nestoriana

Después de que la iglesia defendió la doctrina de Cristo contra Arrio en el Concilio de Nicea y, posteriormente, en el de Constantinopla, estableciendo que Cristo no solo es plenamente Dios, sino también plenamente hombre, compartiendo la misma esencia que Dios Padre, la iglesia continuó enfrentando controversias. Esta vez el debate tenía que ver con la encarnación de Cristo. Algunos negaban que Cristo hubiera nacido con dos naturalezas. Sostenían que cuando la Virgen María dio a luz a Jesús, Él no poseía dos naturalezas, sino solamente una, principalmente la humana. Esto desafiaba lo que la iglesia ya había afirmado: que en la encarnación Cristo nació con dos naturalezas, verdaderamente Dios y verdaderamente hombre. Cristo no dejó su naturaleza divina cuando se encarnó.

El hereje que impulsó esta enseñanza fue Nestorio (386–450). El nestorianismo surgió en el año 428 con Nestorio de Constantinopla. Nestorio objetó el uso del título tradicional “Theotokos” aplicado a la Virgen María, que significa “portadora de Dios” o “Madre de Dios”. Su teoría sostenía que María dio a luz únicamente a la naturaleza humana de Jesús y no a la divina. El cuerpo de Cristo era, según él, un instrumento a través del cual lo divino entró después de la encarnación.

En otras palabras, la divinidad de Jesús es negada en su encarnación, porque Dios no puede tener madre y ninguna criatura podría haber engendrado la Deidad. Según Nestorio, Dios no pudo haber sido un bebé ni haber sido llevado en un vientre durante nueve meses. También creía que Jesús, en cuanto Dios, no pudo haber sufrido, muerto ni sido sepultado. Dios es impasible; no cambia ni experimenta sufrimiento. Por lo tanto, Jesús no pudo encarnarse como Dios en ese sentido.

Además, según esta perspectiva, el Cristo que debía ser el segundo Adán para traer la redención del hombre solo podía experimentarla plena y auténticamente desde una experiencia puramente humana. Esto no sería posible si la persona de Cristo tuviera dos naturalezas y su humanidad estuviera unida a su divinidad. Como afirma Kelly: “Sin embargo, una experiencia auténticamente humana habría sido imposible si la humanidad del Señor hubiera estado fusionada con, o dominada por, su divinidad.” Y añade: “Por lo tanto, ambas —divinidad y humanidad— debían existir lado a lado, cada una conservando sus propiedades particulares y su operación intacta.”8

El padre de la iglesia Cirilo de Alejandría se opuso a la postura de Nestorio en su tercera y cuarta carta dirigidas a él. Otros padres de la iglesia también refutaron esta enseñanza y afirmaron que Cristo sí tenía dos naturalezas desde su nacimiento. El término utilizado fue “Theotokos”, que posiblemente se originó en Alejandría con el obispo Alejandro I (?-328), quien lo empleó contra el arrianismo en el año 324.9 Este término implica que María es verdaderamente la Madre de Dios, pues dio a luz al Dios-hombre. Pelikan señala: “Para ser Salvador, tenía que ser Dios también, y como su madre, ella debía ser ‘Madre de Dios’.”10

Nestorio rechazó esta expresión y afirmó que los padres de la iglesia nunca habían utilizado ese término para referirse a María. En su lugar, prefirió el término “Christotokos”. Según Pelikan, este término fue usado “tanto contra Theotokos como contra Anthropotokos, porque ‘elimina la blasfemia de {Pablo de} Samosata y evita el error de Arrio y Apolinar’.”11 Esto implicaba que María fue únicamente la portadora de la naturaleza humana de Jesucristo y que, posteriormente, Dios, el Logos, habitaría en Él después de la encarnación. María no dio a luz al Dios-hombre, sino solamente al lado humano de Cristo. Como respuesta a esta herejía, la iglesia se reunió en lo que se conoce como el Concilio de Éfeso, que se inauguró el 22 de junio del año 431. Allí, Cirilo y los miembros del concilio afirmaron la declaración del Credo Niceno: “creemos en un solo Señor Jesucristo”, quien es ‘homoousios’ con el Padre y quien ‘padeció’ en la crucifixión.”

La iglesia también confirmó lo que el Credo Niceno enseña acerca de la encarnación: que Cristo es verdaderamente humano y verdaderamente Dios, pues “descendió del cielo; se encarnó por obra del Espíritu Santo y de la Virgen María, y se hizo hombre”; y que “fue crucificado por nosotros bajo Poncio Pilato; padeció y fue sepultado. Al tercer día resucitó, conforme a las Escrituras.”

El debate giraba en torno a la afirmación de Nestorio de que Cristo, en cuanto Dios, no podía sufrir. En el Concilio de Éfeso se leyó el Credo Niceno. Luego se leyeron las cartas de Cirilo, las cuales los padres consideraron ortodoxas y fieles a la fe nicena. Después se leyó la carta de Nestorio, y los padres la condenaron por no ajustarse a la enseñanza bíblica ni al Credo Niceno. Finalmente, Nestorio fue excomulgado.

Conclusión

La historia de las controversias cristológicas no es simplemente una colección de debates antiguos; es el testimonio de una iglesia que entendió que la identidad de Cristo determina la posibilidad de nuestra salvación.

Si Cristo no es plenamente Dios, no puede revelarnos perfectamente al Padre ni ofrecer un sacrificio de valor infinito.
Si Cristo no es plenamente hombre, no puede representarnos ni obedecer en nuestro lugar como el segundo Adán.
Si sus naturalezas están confundidas, divididas o separadas, entonces la obra redentora pierde su coherencia.

Por eso, los concilios de Nicea, Constantinopla y Éfeso no defendían tecnicismos teológicos, sino el evangelio mismo. Al afirmar que Jesucristo es una sola persona con dos naturalezas inseparables, sin confusión, sin cambio, sin división ni separación, la iglesia preservó la verdad de que el único Mediador es el Dios-hombre. La necesidad de las dos naturalezas de Cristo no es opcional; es esencial. Solo Aquel que es consustancial con el Padre puede reconciliarnos con Dios, y solo Aquel que comparte nuestra humanidad puede representarnos verdaderamente. En Cristo, Dios no envió a otro; vino Él mismo en la persona del Hijo, asumiendo nuestra naturaleza para redimirnos. Defender esta doctrina hoy no es un ejercicio académico, sino un acto de fidelidad al evangelio. Porque nuestra esperanza descansa en esto: que el Verbo eterno se hizo carne, y que el Dios-hombre es nuestro único y suficiente Mediador.

Chris Andino

  1. J.N.D. Kelly Early Christian Doctrines, Revised Ed. (HarperCollins, New York, N.Y. 1978), 115 ↩︎
  2. Ibid., 115 ↩︎
  3. Ibid., 117 ↩︎
  4. Ibid., 122 ↩︎
  5. Tertullian Adversus Praxean chapter 2 ↩︎
  6. J.N.D.Kelly Early Christian Doctrine, 228 ↩︎
  7. Ibid., 228
    ↩︎
  8. J.N.D.Kelly Early Christian Doctrine, 313. ↩︎
  9. Jaroslav Pelikan The Christian Tradition: A History of the Development of Doctrine, Vol. 1: The Emergence of the Catholic Tradition (100-600), (University of Chicago Press IL, 1975), 241 ↩︎
  10. Ibid., 241 ↩︎
  11. Jaroslav Pelikan The Christian Tradition, 241. ↩︎

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