Sinopsis
Escrutopo inicia la Carta 5, expresando su decepción ante el entusiasmo de Orugario ante el estallido de una nueva guerra humana (la Segunda Guerra Mundial). No le sorprende la ingenuidad de Orugario como tentador inexperto, ni su tendencia a la autocomplacencia al deleitarse en el miedo, la angustia, la confusión y el sufrimiento que experimentan los seres humanos. Aunque Escrutopo reconoce que la guerra puede resultar entretenida para los demonios y que las reacciones humanas ante el conflicto les producen cierto placer, advierte que tal autocomplacencia podría conducir a la pérdida definitiva del “paciente”.
Escrutopo le recuerda a Orugario que no debe permitir que ninguna emoción pasajera lo distraiga del verdadero objetivo: “socavar la fe e impedir la formación de virtudes”. Asimismo, le advierte que no debe “poner demasiadas esperanzas en una guerra”. Si bien el conflicto bélico puede dar lugar a “gran crueldad e impureza”, también puede provocar que miles de personas se vuelvan hacia Dios, y que otras tantas comiencen a enfocarse en “valores y causas que consideran superiores al yo”. En este sentido, la guerra no siempre resulta ventajosa para los fines demoníacos.
De hecho, Escrutopo afirma que preferiría que no hubiera guerras, pues estas debilitan lo que él considera el arma más eficaz del infierno: la “mundanalidad satisfecha”. Esta condición describe una vida cómoda, distraída y adormecida espiritualmente, en la que el ser humano vive sin cuestionar su destino eterno. Escrutopo preferiría que las personas murieran tranquilamente en hogares de reposo, rodeadas de médicos, enfermeras, familiares y amigos que suavizan la realidad de la muerte con promesas ilusorias de larga vida y justifican cualquier indulgencia bajo el pretexto de la enfermedad.
En contraste, el verdadero peligro de la guerra radica en que confronta constantemente al ser humano con su mortalidad. La muerte deja de ser una posibilidad lejana y se convierte en una realidad inmediata. En tiempos de guerra, incluso el más incrédulo difícilmente puede sostener la ilusión de que vivirá para siempre. La conciencia de la finitud humana puede despertar una reflexión espiritual profunda que, lejos de favorecer al enemigo, fortalezca la fe.
No obstante, aunque Escrutopo no considera la guerra una ventaja automática, reconoce que puede ofrecer ciertas oportunidades para tentar al paciente. Por ello, solicita a Orugario un informe detallado sobre la reacción del paciente ante el conflicto, con el fin de diseñar estrategias adecuadas de tentación. Según Escrutopo, algunos demonios han visto en la guerra una gran oportunidad para atacar la fe, pero él considera que esa visión ha sido exagerada. Recuerda que los seguidores humanos del “Enemigo” han sido claramente advertidos de que el sufrimiento es una parte esencial de lo que Dios llama redención. Por lo tanto, no vale la pena sabotear una fe que puede ser destruida simplemente por el sufrimiento, pues una fe tan frágil carece de profundidad real.
La distorsión del cristianismo en Escrutopo
Aunque Escrutopo no tiene una opinión particularmente favorable de la guerra, sí le indica a Orugarioque aproveche esta circunstancia para examinar la postura del paciente frente al conflicto, de modo que la situación no se desperdicie: «En tu próxima carta dame sin falta un informe completo de las reacciones del paciente ante la guerra, para que podamos considerar si es más probable que logres mayores resultados convirtiéndolo en un patriota extremo o en un pacifista ferviente». La Carta 7 amplía esta idea y deja claro que el objetivo de Escrutopo es empujar al paciente hacia el extremismo en su cosmovisión, en lugar de permitirle desarrollar una devoción extrema hacia Dios:
«No había olvidado mi promesa de considerar si debíamos hacer del paciente un patriota o un pacifista extremo. Todos los extremos, excepto la devoción extrema al Enemigo, deben ser fomentados».
La principal preocupación de Escrutopo respecto a la guerra es que esta conduce a los seres humanos a reflexionar sobre la realidad de la mortalidad. Por ello, instruye a Orugario a mantener con vida al paciente creyente: «¿No te das cuenta de que la muerte del paciente, en este momento, es precisamente lo que queremos evitar?». Una vida prolongada ofrece más tiempo para distorsionar sus convicciones y tentarlo, con el fin de conducirlo nuevamente a la «casa de su Padre [Satanás]».1 Aunque la guerra genera sufrimiento humano, Orugario no debe asumir que dicho sufrimiento constituye, en sí mismo, un ataque definitivo contra el paciente.
Lo que Escrutopo realmente desea es que Orugario distraiga al paciente de la conciencia de su mortalidad: «Qué desastroso para nosotros es el continuo recuerdo de la muerte que la guerra impone. Una de nuestras mejores armas, la mundanalidad satisfecha, queda inutilizada. En tiempos de guerra, ni siquiera un ser humano puede creer que va a vivir para siempre». Escrutopo preferiría que los seres humanos murieran en la comodidad de un hogar geriátrico, sin experiencias que les abran los ojos, como la guerra. Un camino cómodo hacia la muerte podría impedir que el paciente confronte su condición mortal y mantenerlo en «la creencia de que la enfermedad justifica toda indulgencia».
Sin embargo, esta afirmación no agota el significado de lo que Escrutopo denomina «mundanalidad satisfecha». Reducirla a la idea de que la enfermedad sirve de excusa para pecar sería minimizar su profundidad espiritual. Más bien, la mundanalidad satisfecha implica una complacencia integral con el mundo presente: una conformidad con la sociedad, la cultura y el orden terrenal que impide reconocer que el mundo está profundamente quebrantado y que no constituye la realidad última. Se trata de una disposición en la que el paciente se siente plenamente satisfecho con la vida terrenal, sin percibir que esta es apenas un reflejo parcial y fragmentario de una realidad mayor. De esta manera, se le aparta de dirigir su mirada a Dios y a la esperanza eterna, manteniéndolo centrado exclusivamente en su existencia presente. Si Orugario logra inducir al paciente a esta mundanidad satisfecha, podría llevarlo a amar y adoptar las filosofías del mundo por encima de las enseñanzas de Dios.
Escrutopo también reconoce que Dios utiliza el sufrimiento como parte de su plan redentor: «A los partidarios humanos del Enemigo se les ha dicho claramente que el sufrimiento es una parte esencial de lo que Él llama Redención». Advierte a Orugario de que los creyentes saben que Dios puede permitir e incluso causar sufrimiento para su bien. Por ello, le instruye a observar atentamente la reacción del paciente cuando el sufrimiento es prolongado: «Me refiero ahora a un sufrimiento difuso durante un largo período, como el que producirá la guerra». Por supuesto, en el momento preciso del terror, del duelo o del dolor físico, puedes atrapar a tu hombre cuando su razón esté temporalmente suspendida. Si el sufrimiento se prolonga en el tiempo, el paciente puede fatigarse, «verse abrumado por la emoción y la ansiedad y volverse incapaz de pensar con claridad». En ese estado, Orugario podría incitarlo a dudar de la bondad y del cuidado de Dios.
Más adelante, en la Carta 8, Escrutopo introduce lo que denomina la «Ley de la Ondulación», un principio que describe las inevitables oscilaciones espirituales entre momentos de elevación emocional y periodos de descenso en la vida del creyente. Estas fluctuaciones, explica, generan oportunidades estratégicas para la tentación, especialmente en temporadas de sequedad espiritual, de desaliento o de fatiga interior. En contextos de sufrimiento prolongado, como el producido por la guerra, el paciente puede verse emocionalmente agotado, ansioso o con el juicio nublado, volviéndose más vulnerable a la duda y a la distorsión de la verdad.
No obstante, Escrutopo también reconoce un límite importante en la influencia demoníaca. Cuando el paciente se vuelve conscientemente hacia Dios en oración, como él lo describe burlonamente como «acudir al cuartel general del Enemigo», la posición demoníaca se debilita considerablemente. Incluso admite que «el puesto casi siempre está bien defendido», lo cual sugiere que la dependencia sincera de Dios permanece espiritualmente fortalecida aun en temporadas de debilidad.
Por consiguiente, aunque el sufrimiento y los valles espirituales pueden generar vulnerabilidad, no garantizan el éxito del enemigo. El factor decisivo radica en si el sufrimiento conduce al paciente hacia el ensimismamiento y la desesperanza, o si, por el contrario, lo impulsa hacia una dependencia más profunda de Dios.
Respuesta teológica al consejo de Escrutopo
Tanto creyentes como no creyentes se preguntan por qué Dios permitió la existencia del mal y del sufrimiento en Su creación. Desde una perspectiva reformada, es fundamental afirmar, en primer lugar, que Dios creó todas las cosas buenas (Génesis 1:31) y que Él no es el autor del mal. El mal no es una sustancia creada por Dios, sino una corrupción del bien, una distorsión de aquello que originalmente fue recto. La Escritura no ofrece una explicación exhaustiva del origen último del mal dentro del decreto eterno de Dios, pero sí revela con claridad cómo este entró en la historia humana.
En el huerto del Edén, Dios distinguió dos árboles: el Árbol de la Vida y el Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal (Génesis 2:16–17). Dios ordenó a Adán que no comiera del Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal, advirtiéndole que el día que lo hiciera “ciertamente moriría” (Génesis 2:17). En términos de la teología reformada, Adán actuaba como cabeza representativa de la humanidad bajo lo que tradicionalmente se denomina el pacto de obras. Sin embargo, Adán y Eva desobedecieron el mandato divino y comieron del árbol. Esta rebelión voluntaria introdujo el pecado en el mundo y trajo consigo la justa condenación de Dios.
Como consecuencia, no solo la humanidad quedó bajo culpa y corrupción moral, sino que toda la creación fue sometida a maldición. El sufrimiento, la muerte y la descomposición entraron en la experiencia humana como parte de esta realidad caída (cf. Romanos 5:12; 8:20–22). Desde entonces, el mundo se encuentra en un estado de profundo quebrantamiento; el Catecismo Menor de Westminster (pregunta 17) lo resume acertadamente como un estado de “pecado y miseria”. 2Así, el sufrimiento no es un accidente cósmico ni una falla en el gobierno divino, sino una consecuencia real y justa del pecado.
Otro punto de debate es por qué Dios no erradicó el mal en el mismo Edén y por qué continúa permitiendo su acción destructiva en la creación. La teología reformada afirma con firmeza la soberanía absoluta de Dios: Él “hace todas las cosas conforme al designio de su voluntad” (Efesios 1:11). No obstante, esta soberanía no convierte a Dios en autor moral del pecado. El apóstol Pablo declara que la sabiduría de Dios es insondable y supera la comprensión humana (Romanos 11:33). En Su sabiduría perfecta, Dios permitió la entrada del mal y ha decidido permitir su permanencia temporal, ordenando todo para la manifestación de Su gloria y el cumplimiento de Su propósito redentor.
Aunque las razones específicas de Dios para permitir el sufrimiento trascienden nuestra comprensión finita, el sufrimiento no carece de sentido. Según Pablo, puede producir “una tristeza que es según Dios”, que conduce al arrepentimiento y a la salvación, mientras que la tristeza del mundo produce muerte (2 Corintios 7:9–10). Asimismo, el sufrimiento fortalece la fe y desarrolla la perseverancia en medio de las pruebas (Romanos 5:2–3). Para el creyente, el sufrimiento no es un castigo condenatorio, sino disciplina paternal que busca conformarlo a la imagen de Cristo (Hebreos 12:6–11; Romanos 8:29).
Por tanto, el cristiano no debe sorprenderse cuando enfrenta aflicciones, “como si algo extraño le estuviera aconteciendo” (1 Pedro 4:12). Más bien, el sufrimiento, aunque doloroso, puede convertirse en un medio por el cual Dios purifica los afectos, desprende el corazón de falsas seguridades y dirige la mirada hacia la esperanza eterna. En este sentido, el quebrantamiento del mundo despierta en nosotros un anhelo de la restauración final prometida por Dios.
La Escritura también enseña que Dios es soberano sobre el sufrimiento y actúa con gracia en medio de él. Él no permitirá que seamos tentados más allá de lo que podemos soportar, sino que, junto con la prueba, proveerá la salida (1 Corintios 10:13). Nada escapa a Su gobierno providencial. Incluso aquello que los seres humanos o las fuerzas del mal intentan causar daño, Dios puede encaminarlo para bien (cf. Génesis 50:20).
Screwtape alude indirectamente a esta soberanía al emplear la expresión “el bloqueo” (“The blockade”). Con esta imagen, C. S. Lewis sugiere que Satanás y sus demonios no actúan con autonomía absoluta, sino que requieren el permiso de Dios para atacar a los creyentes, como se evidencia en los relatos de Job (Job 1:12; 2:6) y en las palabras de Jesús a Pedro (Lucas 22:31). Así, aun en medio del sufrimiento, la autoridad última no pertenece a las fuerzas del mal, sino al Dios soberano, sabio y bueno que gobierna la historia y que, en Cristo, ha asegurado la derrota final del pecado y de la muerte.
Estrategias frente al consejo demoníaco de Escrutopo
La vida cristiana no es fácil. Implica lucha, resistencia y perseverancia en medio de un mundo marcado por el pecado. Sin embargo, el creyente no está solo ni está llamado a enfrentar la batalla espiritual con sus propias fuerzas. Jesucristo pelea junto a nosotros. Él ya derrotó al mal por medio de Su obra en la cruz y un día su victoria se manifestará plenamente: «Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron» (Apocalipsis 21:4).
Mientras aguardamos la segunda venida de Cristo, experimentaremos el mal y el sufrimiento. El mismo Señor nos lo advirtió: «En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo» (Juan 16:33). Nuestra paz no depende de la ausencia de tribulación, sino de la presencia victoriosa de Cristo. Peleamos no con nuestras propias capacidades, sino sostenidos por el poder de Dios: «No con ejército, ni con fuerza, sino con mi Espíritu, ha dicho el Señor de los ejércitos» (Zacarías 4:6). El apóstol Pablo exhorta a los creyentes a «fortalecerse en el Señor y en el poder de su fuerza» (Efesios 6:10). Es con esa fortaleza que podemos «pelear la buena batalla de la fe» (1 Timoteo 6:12).
Además, Dios nos ha dado Su gracia suficiente: «Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad» (2 Corintios 12:9). En nuestra fragilidad se manifiesta el poder de Cristo. Por eso, cuando Satanás intente sembrar duda, desaliento o temor, debemos recordar que Aquel que está en nosotros es mayor que el que está en el mundo (1 Juan 4:4). La victoria del creyente no descansa en su estabilidad emocional, sino en la fidelidad inquebrantable de Cristo.
Uno de los cuestionamientos más frecuentes contra la fe cristiana es lo que los filósofos denominan el “problema del mal”. Este plantea la aparente incompatibilidad entre la existencia de un Dios bueno, poderoso y amoroso y la realidad del mal. Se argumenta que si Dios fuera verdaderamente como los cristianos afirman, habría eliminado el mal.3 Aunque la Escritura no ofrece una explicación exhaustiva de todas las razones por las cuales Dios permite el mal, sí nos proporciona el marco necesario para comprenderlo dentro de Su plan redentor.
Cuando el sufrimiento se analiza fuera de su contexto bíblico, pierde sentido y propósito. Timothy Keller observa que
«Cuando no se ofrece ninguna explicación y el sufrimiento se percibe como algo simplemente sin sentido, una pérdida total e inevitable, las víctimas pueden desarrollar una ira profunda y persistente y un odio venenoso que ha sido llamado resentimiento».4
En una cultura como la contemporánea, donde el significado de la vida suele reducirse a la búsqueda del placer y de la libertad personal, el sufrimiento resulta escandaloso porque interrumpe ese ideal. Incluso los creyentes pueden caer en la falsa idea de que, si mantienen un “saldo favorable” ante Dios, Él les debe una vida cómoda. Sin embargo, Dios no nos debe nada. La Escritura es clara: debemos esperar aflicciones (Juan 16:33).
La Biblia muestra diversas razones por las que Dios permite el sufrimiento. Puede ser consecuencia directa del pecado (Génesis 3:7; Romanos 1:27), disciplina paternal (Hebreos 12:6), ataque satánico bajo el permiso soberano de Dios (Job 1–2; Lucas 22:31), participación en los padecimientos de Cristo (Filipenses 1:29), medio para fortalecer la fe (1 Pedro 1:6–7), producir perseverancia (Romanos 5:3), esperanza (Romanos 5:4), madurez espiritual (Santiago 1:4) y capacitarnos para consolar a otros (2 Corintios 1:4). Nada de esto es accidental; todo está bajo la providencia sabia de Dios.
Escrutopo afirma que los hijos de Dios han sido advertidos de que el sufrimiento es parte esencial de la redención. En El problema del dolor, C. S. Lewis explica
La doctrina cristiana del sufrimiento explica, creo yo, un hecho muy curioso acerca del mundo en el que vivimos. La felicidad estable y la seguridad que todos deseamos, Dios nos las niega por la misma naturaleza de este mundo; pero el gozo, el placer y la alegría los ha esparcido abundantemente. Nunca estamos completamente seguros, pero sí tenemos muchos momentos de diversión e incluso de éxtasis. No es difícil entender por qué. La seguridad que tanto anhelamos nos llevaría a descansar nuestro corazón en este mundo y se convertiría en un obstáculo para nuestro regreso a Dios. En cambio, unos momentos de amor feliz, un paisaje, una sinfonía, un encuentro alegre con amigos, un baño o un partido de fútbol no producen ese efecto. Nuestro Padre nos reconforta en el camino con algunas posadas agradables, pero no nos anima a confundirlas con nuestro verdadero hogar.5
En este contexto, Cristo es nuestro ejemplo supremo. «En los días de su carne, ofreciendo ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas… aunque era Hijo, por lo que padeció aprendió la obediencia» (Hebreos 5:7–8). Jesús no evitó el sufrimiento; lo atravesó con perfecta obediencia y confianza en el Padre. En Él vemos que el dolor no es señal de abandono, sino un camino hacia la gloria. Su cruz precedió a Su resurrección.
Pastoralmente, esto nos ofrece una esperanza profunda: nuestro sufrimiento no es solitario ni inútil. Cristo camina con nosotros. Él conoce el dolor, la traición y la angustia. Cuando sufrimos, participamos, de manera misteriosa pero real, en Sus padecimientos y también en la esperanza de Su gloria. Por eso, la Escritura nos llama a considerar «sumo gozo» cuando enfrentamos pruebas (Santiago 1:2), no porque el dolor sea agradable, sino porque produce en nosotros una fe más firme y una esperanza más pura.
Satanás busca socavar la fe y obstaculizar la formación de virtudes. Pero Jesús aseguró que «las puertas del Hades no prevalecerán» contra Su Iglesia (Mateo 16:18). No prometió la ausencia de ataques, sino la victoria final. La vida cristiana es activa, no pasiva: estamos llamados a esforzarnos por entrar por la puerta estrecha (Lucas 13:24), a contender por la fe (Judas 3) y a pelear la buena batalla (1 Timoteo 6:12).
Sin embargo, nuestra confianza no está en nuestra capacidad de lucha, sino en el Dios que pelea por nosotros. La victoria ya fue asegurada en la cruz. Mientras esperamos la consumación final, resistimos firmes, sabiendo que el mismo Cristo que sufrió por nosotros es también nuestra esperanza, nuestra fortaleza y nuestra segura redención.
Conclusión
Escrutopo escribió: “Por una aplicación constante y fría aquí y ahora, finalmente puedes asegurar su alma; entonces será tuyo para siempre… el verdadero negocio es socavar la fe y evitar la formación de virtudes.” Una persona satisfecha con el mundo, que mira la vida con “lentes de color rosa”, puede mantenerse lejos de la realidad de su mortalidad y del justo juicio de Dios. Aunque el sufrimiento físico puede ser terrible, generar temor y parecer devastador, pertenece a este mundo y es temporal; pero cuando el alma está asegurada, su destino es eterno. Por eso, debemos apartar intencionalmente nuestra mente de nosotros mismos y de nuestro propio dolor para fijarla en Dios y en Su Palabra. Escrutoposeñala que la “mundanalidad satisfecha” es una herramienta poderosa para el reino demoníaco, porque mantiene el corazón cómodo en este mundo y le aleja de la eternidad.
Sin embargo, mientras los demonios trabajan para alejarnos de Dios, Dios mismo está obrando para atraernos a Él. Ningún acontecimiento está fuera de Su soberanía. Todo lo que el enemigo intenta usar para destruir, incluso el sufrimiento, Dios puede usarlo para redimir, purificar y fortalecer nuestra fe. El sufrimiento puede mostrarnos con claridad que nosotros y el mundo estamos profundamente afectados por el pecado, y que nuestra única esperanza segura es el Señor.
Pastoralmente, no miramos el sufrimiento como un fin en sí mismo, sino a la luz de Cristo. Jesús no solo nos llamó a tomar nuestra cruz, sino que Él mismo cargó la cruz por nosotros. En Su vida vemos obediencia en medio del dolor; en Su muerte, amor en medio de la injusticia; y en Su resurrección, la garantía de que el sufrimiento no tiene la última palabra. Cristo es nuestro ejemplo y nuestra esperanza. Él entró en nuestro dolor, venció al pecado y derrotó a la muerte. Por eso, aun cuando atravesamos pruebas, no sufrimos solos. El Señor camina con nosotros, nos sostiene con Su gracia y nos recuerda que este mundo no es nuestro hogar final.
Así, lo que Escrutopo desea usar para endurecer el corazón, Dios lo utiliza para ablandarlo. Lo que el enemigo pretende para alejarnos de la fe, el Señor lo transforma en un medio para formar en nosotros el carácter de Cristo. Y en medio de todo, levantamos la mirada no hacia la comodidad pasajera, sino hacia la gloria eterna que nos espera en Él.
- Desde la perspectiva de la teología reformada, no se sostiene que un verdadero creyente pueda perder definitivamente su salvación, pues la doctrina de la perseverancia de los santos afirma que aquellos que han sido regenerados y justificados por Dios serán guardados por Su poder hasta el fin (cf. Jn. 10:28–29; Rom. 8:29–30; Fil. 1:6). Sin embargo, esto no implica que el creyente esté exento de periodos de debilidad espiritual, extravío temporal o disciplina divina. La Escritura muestra que un hijo de Dios puede apartarse por un tiempo, caer en pecado o experimentar sequedad espiritual (cf. Sal. 51; Heb. 12:6–11), sin que ello signifique una pérdida definitiva de su unión con Cristo. Por tanto, cuando se habla de “pérdida” en este contexto, debe entenderse en un sentido temporal y experiencial, no eterno ni ontológico.
↩︎ - Pregunta 17 del Catecismo Menor de Westminster:
¿En qué estado cayó el hombre como resultado de la caída?
Respuesta:
La caída llevó a la humanidad a un estado de pecado y de miseria. ↩︎ - Aunque el espacio no me permite profundizar más en el tema del mal, sabemos que, para el cristiano, el sufrimiento sí tiene significado. Existen muchos libros que abordan la relación entre Dios y el mal; aquí menciono dos recomendados: Timothy Keller, Caminando con Dios en medio del dolor y el sufrimiento (Penguin Group, Hudson St, New York, NY, 2013). D.A. Carson, ¿Hasta cuándo, Señor? Reflexiones sobre el sufrimiento y el mal (Baker Academic, 2006). ↩︎
- Timothy Keller, Walking with God through Pain and Suffering (Penguin Group, Hudson St, New York, NY, 2013), 14. ↩︎
- C.S. Lewis, The Problem of Pain, (New York: HarperOne, 2002, Signature Classics Edition), 415. ↩︎

