Carta 4 La Oración

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Sinopsis

Al comienzo de la Carta 4, Escrutopo expresa su decepción porque Orugario no ha asumido la responsabilidad por corromper las oraciones del paciente, especialmente las dirigidas a su madre. En la Carta 3, la oración fue mencionada brevemente y Escrutopo señaló que las oraciones del paciente podrían haber sido desviadas de manera sutil. En lugar de orar por las necesidades físicas de su madre, el paciente podría haber sido alentado a centrarse exclusivamente en su “condición espiritual”. Estas oraciones aparentemente piadosas habrían ofrecido dos ventajas demoníacas.

Primero, el paciente podría ser llevado a fijarse en lo que percibe como los pecados de su madre. Con el tiempo, el “pecado” llegaría a significar cualquier cosa que ella hiciera que lo irritara o le incomodara. La oración se convertiría entonces en un repaso de quejas, profundizando el resentimiento en lugar de cultivar el amor. Segundo, estas oraciones ya no estarían dirigidas a la mujer real, sino a una versión distorsionada e imaginaria de ella: una abstracción moldeada por las frustraciones del propio paciente.

Debido a que Orugario no aprovechó estas oportunidades, Escrutopo dedica la Carta 4 a una estrategia más amplia: mantener al paciente alejado de la oración por completo, o al menos de la oración efectiva. Escrutopo escribe:

“Lo mejor, cuando sea posible, es impedir que el paciente tenga la intención seria de orar… reducir la oración a un esfuerzo por producir en sí mismo un vago estado devocional, en el cual la verdadera concentración de la voluntad y de la inteligencia no tenga parte alguna”.

La oración debe reducirse de una comunión genuina con Dios a una atmósfera espiritual pasajera y autoinducida. Si esta táctica falla, Escrutopo recomienda una forma más sutil de distracción: desviar la atención del paciente hacia sí mismo. El objetivo es mantener a los seres humanos observando su propia mente y sus emociones, en lugar de fijarse en Dios mismo: “Manténganlos atentos a su propia mente, tratando de producir sentimientos por la acción de su propia voluntad”. En lugar de esperar en Dios, el paciente debe ser animado a fabricar los sentimientos que espera como resultado de la oración. Cuando ore por caridad o valentía, debe intentar generar emociones caritativas o valientes. Cuando pida perdón, debe tratar de sentirse perdonado. De esta manera, el valor de la oración se mide por el resultado emocional y no por una dependencia humilde de Dios.

Sin embargo, Escrutopo advierte a Orugario que Dios también está obrando. Dios a menudo concede autoconocimiento, lo que puede permitir que el paciente reconozca esta inclinación hacia sí mismo como una distracción. Si el enfoque en los sentimientos no funciona, Escrutopo propone otra estrategia: corromper el objeto de la oración. Como los seres humanos no pueden ver a Dios, tienden a imaginar algo hacia lo cual dirigir sus oraciones: una esquina del techo, una imagen mental o incluso un símbolo religioso. El objeto específico no importa, siempre y cuando el paciente esté orando a una creación de su propia mente y no al Dios vivo que lo creó.

Orugario debe impedir que el paciente ore:

“No lo que yo pienso que Tú eres, sino lo que Tú sabes que eres”, y evitar que se entregue por completo a “la Presencia completamente real, externa e invisible, que está allí con él en la habitación y que nunca puede ser conocida por él como él es conocido por Ella”.

Escrutopo concluye la carta señalando que la oración implica una vulnerabilidad real, una “desnudez del alma”. Los seres humanos instintivamente resisten este nivel de exposición, lo que convierte la oración en un momento especialmente poderoso, ya sea para la gracia divina o para la interferencia demoníaca.

La distorsión del cristianismo según Escrutopo

Escrutopo conoce el poder y la eficacia de la oración y, por eso, quiere que Orugario haga todo lo posible para impedir que el paciente ore. Su estrategia consiste en atacar tanto el método como la comprensión que el paciente tiene de la oración. Escrutopo señala que el paciente creció escuchando oraciones formales, que él descalifica como “de loro”. Escribe:

“Cuando el paciente es un adulto recientemente reconvertido al partido del Enemigo, como tu hombre, esto se logra mejor animándolo a recordar, o a creer que recuerda, el carácter mecánico y repetitivo de sus oraciones en la infancia”.

A partir de esto, Escrutopo sugiere que Orugario lleve al paciente a reaccionar contra este tipo de oración y a buscar una oración completamente informal: “Como reacción, puede ser persuadido a aspirar a algo totalmente espontáneo, interior, informal y sin regularidad”. Estas oraciones terminan basándose en una emoción fabricada por el propio individuo, un “estado devocional vago”. El paciente puede llegar a creer que la oración depende del “ánimo” que logre producir o de los pensamientos aleatorios que se le vienen a la mente, en lugar de una oración que implique una verdadera concentración de la voluntad y del intelecto. El objetivo de Escrutopo es claro: evitar que el paciente ore de manera reflexiva, informada y teológicamente fundamentada.

Si Orugario no logra impedir que el paciente ore sinceramente, Escrutopo lo anima a distorsionar el objeto de la oración y la comprensión que el paciente tiene de las respuestas a la oración. En primer lugar, señala que los seres humanos tienden a crear una imagen u objeto mental de Dios al cual dirigir sus oraciones:

“Si examinas el objeto al que él presta atención, descubrirás que se trata de un objeto compuesto que contiene muchos elementos bastante ridículos. Habrá imágenes derivadas de representaciones del Enemigo tal como apareció durante el episodio desacreditado conocido como la Encarnación; habrá imágenes más vagas, quizás incluso salvajes y pueriles, asociadas con las otras dos Personas. Incluso parte de su propia reverencia (y de las sensaciones corporales que la acompañan) será objetivada y atribuida al objeto venerado. Conozco casos en los que lo que el paciente llamaba su ‘Dios’ estaba ubicado arriba y a la izquierda en la esquina del techo del dormitorio, dentro de su propia cabeza o en un crucifijo en la pared. Pero sea cual sea la naturaleza de este objeto compuesto, debes mantenerlo orando a eso: a la cosa que él ha hecho, y no a la Persona que lo hizo a él”.

En segundo lugar, Escrutopo anima a Orugario a llevar al paciente a intentar responder sus propias oraciones con su propia fuerza:

“Mantenlos observando su propia mente, tratando de producir sentimientos por la acción de su propia voluntad. Enséñales a medir el valor de cada oración según el éxito que tengan en producir los sentimientos deseados, y nunca permitas que sospechen cuánto depende ese éxito o fracaso de si están sanos o enfermos, descansados o cansados, en ese momento”.

Ambas estrategias colocan al paciente y a su voluntad en el centro y como fundamento de la oración, en lugar de Dios y de Su voluntad. Como afirma Escrutopo: “El método más sencillo es apartar su mirada de Él (Dios) y dirigirla hacia sí mismos”.

El objetivo final de Escrutopo y Orugario es que el paciente crezca en desconfianza hacia Dios y ceda a la tentación, con la esperanza de que finalmente regrese a la “casa de su padre”. Para que esto ocurra, Escrutopo instruye a Orugario a trabajar diligentemente en “socavar la fe y evitar la formación de las virtudes”.

Respuesta teológica al consejo de Escrutopo

Charles Hodge describe la oración como

“la conversación del alma con Dios”. En ella manifestamos o expresamos nuestra reverencia y amor por Su perfección divina, nuestra gratitud por todas Sus misericordias, nuestro arrepentimiento por nuestros pecados, nuestra esperanza en Su amor perdonador, nuestra sumisión a Su autoridad, nuestra confianza en Su cuidado, nuestro deseo de Su favor y de las bendiciones providenciales y espirituales que necesitamos para nosotros y para otros”.1


La oración es comunicación y comunión con Dios; es nuestra manera de hablar con Él y de abrirle nuestro corazón. La Escritura menciona diversas formas de oración: la oración de petición, mediante la cual damos a conocer a Dios nuestras necesidades y deseos (Fil. 4:6; Ef. 5:18; 1 Juan. 5:15); la oración por otros2 (Stg. 5:16; Mt. 5:44); y la oración de confesión de pecados, así como de adoración, alabanza y acción de gracias.

La Escritura nos manda a orar. La oración es un aspecto esencial de la fe cristiana y es vital para edificar una relación con Dios. A través de ella crecemos en comunión con Él. Es el medio por el cual nos comunicamos con Dios y damos a conocer nuestras necesidades y deseos más profundos. No oramos porque Dios desconozca nuestra situación o necesite ser informado, pues Él conoce todas las cosas: “Vuestro Padre sabe lo que necesitáis antes de que se lo pidáis” (Mt. 6:8). No oramos para hacerle saber algo a Dios, sino para que nuestra voluntad sea alineada con la Suya (Mt. 6:10). La oración es más para nuestro beneficio que para el de Dios. Nos acerca a Él y nos introduce en una relación íntima y profunda con Él. Es nuestra manera de mostrar que confiamos en Dios y, al mismo tiempo, de aumentar nuestra confianza en Él.

La Escritura nos llama a orar con fe (Mr. 11:24). Orar con fe significa confiar en el amor, la sabiduría, la bondad y el poder de Dios. Cuando oramos, mostramos que Dios es galardonador de los que le buscan (Heb. 11:6). La oración es una forma de expresar que Dios es un Padre amoroso y que Él se deleita en la confianza y la fe de Sus hijos.

La oración es poderosa, pero al mismo tiempo desafiante. R. C. Sproul señaló que el deber de orar puede resultar difícil y que “todo deber puede volverse pesado”.3 Vivimos en una cultura acelerada, centrada en el yo y en la gratificación instantánea. Frente a este ritmo, la oración puede parecer lenta o poco atractiva. A menudo es uno de los deberes más descuidados de la vida cristiana. El tiempo y las respuestas de Dios a la oración no se basan en la urgencia de las peticiones humanas ni en la voluntad de la sociedad, sino en Su voluntad y en Su conocimiento previo. La oración requiere fe y confianza en el conocimiento, la sabiduría, la voluntad y el tiempo de Dios. A través de la oración expresamos nuestra humildad y dependencia de Él. Orar requiere humildad, pues reconocemos nuestra total dependencia de Dios.

La oración no nos resulta natural a los cristianos. Sproul dijo que “los efectos de la caída nos han dejado a muchos perezosos e indiferentes ante algo tan importante como la oración”.4 Jesús nos llama a perseverar en la oración (Lc. 18:1–8) y a “orar sin cesar” (1 Tes. 5:17). Sproul explica que “esto significa que debemos vivir en un estado continuo de comunión con nuestro Padre”.5 La oración es comunión con Dios, y solo Él es el objeto de la oración (Juan. 14:13–14; 15:16). Los cristianos oran únicamente a Dios, quien es personal, está cercano y “no solo es capaz, sino que también está dispuesto a tener comunión con nosotros, a oír y responder, pues gobierna a todas Sus criaturas y todas sus acciones”.6

La oración es poderosa porque su objeto no es el ser humano finito, sino el Dios infinito y todopoderoso. El profeta Isaías proclamó que no hay nadie en la tierra como Dios:


“Porque yo soy Dios, y no hay otro; yo soy Dios, y no hay ninguno como yo” (Is. 46:9).


“¿A quién, pues, me compararéis para que yo sea semejante?, dice el Santo” (Is. 40:25).

También declaró que Dios no solo conoce el futuro, sino que gobierna la historia conforme a Su plan:
“Que anuncio lo porvenir desde el principio, y desde la antigüedad lo que aún no era hecho; que digo: Mi consejo permanecerá, y haré todo lo que quiero” (Is. 46:10).

Estrategias contra el consejo demoníaco de Escrutopo

Escrutopo sabe que hay poder en la oración y quiere que Gusano desaliente al paciente de orar de cualquier forma. Su objetivo es que el paciente crea que la única oración verdadera es la informal y basada en un “estado devocional” fabricado, alejándolo tanto del intelecto como del acto deliberado de la voluntad. El peligro de pensar que la oración es únicamente emocional y no involucra la mente ni la voluntad radica en que las emociones suelen ser inestables y fácilmente influenciadas por las circunstancias; además, este tipo de oración no se edifica en la confianza en Dios y en Su soberanía.

No queremos minimizar el papel que las emociones desempeñan en la oración. Sin embargo, oraciones guiadas exclusivamente por la emoción pueden conducir al desánimo y a la pérdida de motivación. Ahora bien, la Escritura no prohíbe la oración espontánea y emocional. De hecho, la mayoría de las oraciones que encontramos en la Biblia son informales y emotivas, con la excepción del Padre Nuestro (Mateo 6:9–13). Nuestro verdadero guía para la oración es la Escritura, la cual informa y dirige nuestras emociones. La Biblia nos enseña que debemos acercarnos confiadamente al trono de la gracia (Heb. 4:16), porque hemos “obtenido acceso por la fe a esta gracia en la cual estamos firmes” por medio de la sangre de Cristo (Rom. 5:2).

Escrutopo menciona brevemente la postura corporal del paciente durante la oración. La Escritura no es dogmática en cuanto a la postura del cuerpo, pero sí registra diversas posiciones que los creyentes han adoptado al orar: algunos doblaron sus rodillas (Hch. 20:36; Ef. 3:14; Éx. 34:8), otros se postraron rostro en tierra (Neh. 8:6; Mt. 26:39; Ap. 1:17), y otros alzaron sus manos (Sal. 141:2; 1 Tim. 2:8). Dado que la Escritura no enfatiza una postura específica, la posición física no debe considerarse de suma importancia. No obstante, la postura corporal puede ayudar a formar una actitud y disposición adecuadas para la oración. Por ejemplo, arrodillarse puede fomentar una actitud de humildad y un reconocimiento de nuestra necesidad y dependencia de Dios.

C. S. Lewis escribió:
“Cuando oramos en momentos extraños, ciertamente no siempre se puede arrodillar. No diré que esto no importa. El cuerpo debería orar tanto como el alma. Ambos, cuerpo y alma, se benefician de ello… el punto relevante es que arrodillarse sí importa, pero hay cosas que importan aun más. Una mente concentrada y un cuerpo sentado producen una mejor oración que un cuerpo arrodillado y una mente medio dormida”.7

Luego, Escrutopo describe técnicas para distorsionar tanto el objeto de la oración como la expectativa de sus respuestas. Presenta dos formas de hacer que la oración sea egocéntrica, egoísta y centrada en los deseos personales del paciente, en lugar de en sus verdaderas necesidades.

Juan Calvino afirmó célebremente que “la naturaleza del hombre es, por así decirlo, una fábrica perpetua de ídolos”.8 Podemos caer fácilmente en la tentación de crear una representación visual o mental de Dios que no esté conforme a la Escritura, y esto se llama idolatría.9 La Biblia lo prohíbe claramente: “No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra” (Éx. 20:4). Sin embargo, pocos capítulos después, Israel cayó precisamente en este pecado al intentar hacer una imagen de Dios (Éxodo 32).

Aunque hoy no oremos frente a una imagen tallada, con facilidad podemos fabricar una imagen mental de cómo queremos que Dios sea, cómo esperamos que actúe y cómo deseamos que responda nuestras oraciones. Intentamos hacer que Dios encaje en nuestra propia visión de Él. Esto resulta fácil porque Dios es incomprensible, pero Él mismo se ha revelado por medio de la Escritura. Dios le dijo a Moisés: “Yo soy el que soy” (Éx. 3:14); es decir, Yo soy quien digo ser, y Yo defino y revelo quién soy.

Cuando oramos, nuestra oración debe estar conforme a lo que la Biblia revela, incluyendo a quién oramos. Oramos a un Dios invisible (1 Tim. 6:16), incomprensible (Is. 55:8–9), que todo lo ve (Heb. 4:13) y que todo lo sabe (Mt. 6:8). Solo Él es digno de nuestra adoración y es el único objeto legítimo de nuestras oraciones. No hay otro nombre (Hch. 4:12) que pueda responder a las peticiones de quienes oran.

Dios exige nuestra total dependencia y confianza debido a quién Él es. Él es el Creador de todas las cosas (Col. 1:16) y un Padre amoroso que se deleita en escuchar las oraciones de Sus hijos (Prov. 15:8). Esto debe darnos consuelo y confianza al orar, sabiendo que Dios oye nuestras oraciones (1 Jn. 5:14) y que Él sabe qué es lo mejor para nosotros. Por tanto, debemos orar con fe, confiando en el tiempo y la voluntad de Dios para nuestras vidas, pues solo Él conoce el futuro y desea verdaderamente nuestro bien.

Dios no solo se ha revelado a Sí mismo, sino que también nos ha revelado cómo debemos orar. La Escritura nos manda a orar sin cesar (1 Tes. 5:17), en todo tiempo y en toda circunstancia. Se nos exhorta a presentar nuestras peticiones a Dios en oración (Fil. 4:6), pero la oración no se limita a solicitudes personales. También debemos orar para dar gracias a Dios (Sal. 95:1–5; 1 Tes. 5:16–18; Fil. 4:6) y para interceder por otros (Stg. 5:16; Ef. 6:18; Col. 1:9; Mt. 5:44; 1 Tim. 2:1). Estas oraciones nos ayudan a dejar de estar centrados en nosotros mismos y a enfocarnos en la gracia de Dios y en las necesidades de los demás.

Debemos procurar que nuestras oraciones sean menos centradas en el mundo y más centradas en el Reino, al orar para que venga el Reino de Dios y se haga Su voluntad (Mt. 6:10), y al buscar primeramente Su reino y Su justicia (Mt. 6:33). Satanás sabe que la oración es una de las armas más efectivas contra él (2 Cor. 10:3–4) y por eso trabaja para distraerla y distorsionarla. La oración es uno de los medios más eficaces para resistir al diablo; oramos para no caer en tentación (Mt. 26:41). Cuando nuestras oraciones están mal orientadas, nos frustramos, nos desanimamos y podemos comenzar a desconfiar de la soberanía de Dios. Sin embargo, Satanás conoce el poder de la oración (Stg. 5:15–18) y no quiere que dependamos de Dios.

Conclusión

Cada consejo que Escrutopo da acerca de la oración aleja al cristiano del verdadero propósito de la oración y convierte lo que debería ser comunión con Dios en un terreno fértil para la tentación, la distracción y la desconfianza hacia Dios. Un “estado devocional” fabricado por uno mismo reduce la oración a un ejercicio sin dirección, enfocado en producir una sensación espiritual en lugar de someter la voluntad y la mente a Dios. Orar a una imagen u objeto creado de Dios es, en el fondo, orar a un dios hecho a nuestra medida: uno moldeado según cómo queremos que Dios se vea, cómo queremos que responda y cómo queremos que actúe, en vez de orar al Dios verdadero tal como Él se ha revelado y buscar su voluntad.

De la misma manera, la tentación de provocar una emoción específica después de orar es un intento de forzar una respuesta mediante el esfuerzo humano, en lugar de descansar en la respuesta soberana de Dios. Así, la oración deja de estar centrada en Dios y se vuelve egocéntrica. La oración no se trata principalmente de nosotros; es comunión y comunicación con Dios. Como bien señala Escrutopo, la oración implica una vulnerabilidad profunda, una desnudez del alma, que puede resultar incómoda. Sin embargo, esta vulnerabilidad no debe ser temida, pues Dios ya nos conoce de manera más profunda e íntima de lo que nosotros mismos podríamos conocernos.

Dios no se somete a la voluntad del creyente en la oración; más bien, el creyente se somete a la voluntad de Dios. Por eso, cuando los cristianos oran conforme a la Palabra de Dios, no están intentando doblar a Dios a sus deseos, sino alineándose con los propósitos que Él ha revelado. En la oración verdadera, el creyente entra en acuerdo con Dios y aprende a desear lo que Dios quiere.

  1. Charles Hodge, Systematic Theology. Vol. 3 (New York, Charles Scribner, 1873), 692 ↩︎
  2. Esto se llama oración de petición o de intercesión. ↩︎
  3. R. C. Sproul, Does Prayer Change Things? (Reformation Trust Publishing, Ligonier Court, Sandord, FL, 1999), 2. ↩︎
  4. Sproul, Does Prayer Change Things? 2. ↩︎
  5.  Ibid., 5 ↩︎
  6. Hodge, Systematic Theology. Vol. 3, 693. ↩︎
  7. C.S. Lewis, Letters to Malcolm: Chiefly on Prayer (New York: Hartcourt, 1992) 17-18.
    ↩︎
  8. John Calvin, Institutes of the Christian Religion. Edited by John T. McNeill. Translated by Ford Lewis Battles. 2 vols. (Philadelphia: Westminster Press, 1960), 1:108. ↩︎
  9. Los ídolos son creaciones humanas hechas a la medida de nuestra idea de Dios. Para profundizar más en este tema, véase Tony Reinke, “El clavo en el ataúd de nuestros corazones: quinientos años luchando contra la idolatría” (1 de octubre de 2017), Desiring God, consultado el 30 de marzo de 2023. ↩︎

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